A vueltas con La Efímera Noche

la larga noche

Y llegó el invierno… pero ha durado poco. Siete temporadas avisando del tema, de un infierno helado en el que “el sol se oculta durante años” y “los niños nacen, viven y mueren siempre en la oscuridad”, como advertía la Tata a Bran y al espectador; y va y la cosa se despacha en algo más de cuatro horas de serie. Tal es la sorpresa que ha supuesto el acontecimiento que incluso en el seno de TRB se han alzado espadas en guerra civil dialéctica entre defensores y detractores de La larga noche, el tercer episodio de la última temporada de Juego de Tronos. Para evitar juicios por combate, hemos decidido desempolvar este viejo blog y dirimir aquí argumentos.

Señor Rubio – Adrián Gisbert

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Daenerys y Jon/Aegon intentan vislumbrar entre la oscuridad su ejército de píxeles

No descubro América cuando digo que Juego de Tronos no es lo que era en sus primeras temporadas. Desde la sexta entrega, cuando la serie superó el punto narrativo en el que se encuentran los libros de George R. R. Martin,  Juego de Tronos abandonó su idiosincrasia como historia de intrigas palaciegas, salpicadas con alguna batalla. Dos motivos: en primer lugar, Benioff y Weiss no son tan buenos guionistas como adaptadores; por otro lado, la propia narrativa de la serie obligaba a acelerar la trama, dejarse de puñaladas traperas y ambiguos tonos de gris y preparar los bandos para la gran batalla final. La muerte de Meñique al término de la séptima temporada venía a confirmar el nuevo cariz de la serie. No me escondo: me decepcionó este viraje, y en un ejercicio de pura venganza fui a FilmAffinity y le bajé dos puntos la nota. Más allá de filias y fobias personales, Petyr Baelish era el mejor jugador del juego de tronos, y su muerte, además de ser el ejercicio de fan service más chusco que ha visto la pequeña pantalla, se cargaba de un solo tajo la lógica argumental y la construcción de personajes llevada a cabo hasta entonces, en pos de eliminar piezas para el gran enfrentamiento final entre Buenos y Malos. Horrible.

Acabada la séptima temporada, teníamos por delante un año y medio para asimilarlo y saber qué esperar de la octava y última entrega. Lo que se divisaba en lontananza parecía claro: más presupuesto, más batallas, más dragones, más fan service. Pero oh, sorpresa, llegaron los dos primeros episodios, de tempo pausado y con un gran peso de los diálogos. Todo rezumaba un aroma añejo a las primeras temporadas. ¿Qué estaba pasando? Seguro que todo esto es que los personajes se están despidiendo, morirán todos, para el tercero asistiremos a la que es seguro la primera batalla de una gran guerra entre Buenos y Malos. Pues tampoco. Ha sido la última. Quien ha muerto es el Rey de la Noche, y con él todo su ejército. Juego de Tronos ha atentado contra su propia narrativa. No hay un gran villano final, serán los humanos, con motivaciones de más inquina que el simple fin del mundo, quienes se presenten al campo de batalla.

¿Cabe otra sensación que no sea la alegría? Ojo, porque aún la pueden diñar. Aún cabe la posibilidad de un banquete final de sonrisas, los cónyuges Jon y Daenerys presidiendo la mesa y todos brindando con el cráneo de Cersei. Da escalofríos esa posibilidad, pero de momento vamos a juzgar por lo visto.

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Los caminantes blancos en la ceremonia de entrega de los Premios Parecía Que Sí 2019

Quedamos y aceptamos ya que la narrativa firmada por Weiss y Benioff tenía más agujeros que el cuerpo de Robb Stark. También, que Juego de Tronos se ha metamorfoseado en una superproducción, tanto por presupuesto como por audiencias. Y este tercer episodio estaba lleno de clichés de blockbuster: personajes salvados en el último momento, planos innecesarios con el director gustándose, protagonistas en situaciones de las que es imposible escapar solucionadas con un cambio de plano, vacíos temporales en la acción… Y, sí, ni una muerte que no fuera de personajes cuyo final ni cotizaba en las apuestas ―aunque me atrevería a decir que, visto el ánimo general, el golpe de guion ha sido, precisamente, que no muriese nadie. ¡Punto para Weiss y Benioff!―. La estrategia plasmada en la batalla, por otro lado, parece que también era bastante discutible. Nada nuevo en cuanto a los escenarios planteados por el genio militar de Jon Nieve, aunque en esas otras ocasiones sus decisiones estratégicas no parecían ser impedimento para que los redactores que hoy critican este aspecto del 8×03 salivasen con otros episodios.

El caso que yo venía a defender, ebrios patanes del jurado, es que ninguno de los fallos aquí listados, ni siquiera todos juntos, impidieron que La larga noche fuese la hora y media más trepidante que ha dado la pequeña pantalla en los últimos años. Hace tiempo que aceptamos que Juego de Tronos había cambiado: se le pueden seguir criticando los mismos vicios que hace dos y tres años, o asumirlos y disfrutar del espectáculo. Juzgar la obra en base a lo que uno esperaba y cabrearse porque no se ha cumplido, o celebrar la sorpresa que supone la temprana muerte del Rey de la Noche como una subversión de la narrativa fantástica convencional. Nueve de cada diez dentistas recomiendan la segunda opción.

Señor Rosa – Tono Gil

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Esta sonrisa de malote porque sí resume los problemas con la trama de los caminantes blancos

Voy a ser claro desde el principio: Salvo sorpresa mayúscula, para mí este capítulo ha mancillado toda la serie. No voy a entrar en los detalles de la batalla que puedan haber sido incongruentes, que también los hay, sino en lo que significa el desenlace del capítulo para la saga medieval. Para ello, es necesario hacer referencia a otra obra fantástica que ha servido de gran inspiración para George R.R. Martin: El Señor de los Anillos. 

Si bien Martin es un gran admirador de Tolkien, ha querido distanciarse de él en ciertos aspectos de su trabajo. En esta entrevista para AssignmentX, el creador de Canción de Hielo y Fuego exponía lo siguiente: “Por mucho que adimire a Tolkien, y de verdad lo admiro, hay cosas sobre El Señor de los Anillos, el concepto del Señor Oscuro y los buenos combatiendo contra los malos, bien contra mal, que aunque Tolkien lo maneja brillantemente, en las manos de muchos de sus sucesores se ha convertido en una especie de caricatura. ‘Aquí están los buenos, están en blanco, y allí están los malos, en negro. Y además los malos son muy feos’”.

¿Os suena el prototipo que describe Martin? Me imagino que sí. Tristemente, porque es el que se ha impuesto en la batalla contra los caminantes blancos. De hecho, las similitudes con la contienda final de El Señor de los Anillos son claras. Cuando Aragorn y los suyos se ven completamente superados en número por los orcos a las puertas de Mordor, Frodo consigue destruir el anillo de poder, cae Sauron, y todas sus tropas con él. Del mismo modo, cuando toda esperanza parece perdida para los héroes de Invernalia y están a punto de pasar a engrosar las filas de los caminantes, Arya consigue apuñalar con su daga de acero valyrio al Rey de la Noche, este cae y todas sus tropas con él.

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Escena histórica recientemente ultrajada por cierto partido de extrema derecha

Cuando lo estás viendo saltas del sofá, te echas las manos a la cabeza y gritas, porque es todo un subidón de adrenalina, pero con un análisis en frío te das cuenta de que ya está. Se acabó. La gran amenaza que lleva planeando toda la serie sobre los personajes de Juego de Tronos ha desaparecido sin más, convertidos en una mera herramienta para diezmar a las tropas Stark-Targaryen de cara a la batalla contra Cersei.

No sabemos qué motivos los impulsaban, simplemente eran malos, malísimos, bien “en negro”, como díria George R.R. Martin. En el otro bando teníamos prácticamente a todos los personajes de la serie que apreciamos, los buenos, tan “en blanco” que molesta a la vista. Todos esos matices grises que convertían a Juego de Tronos en una serie realmente especial se han ido destiñendo en las últimas temporadas y queda un show que recuerda a cualquier película genérica de superhéroes. Una sombra de lo que fue. Una caricatura.

P.D.: Ojalá el final de la serie me haga cambiar de opinión, pero he perdido toda la fe en Benioff y Weiss.

 

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