‘Joker: el bromista que le dijo a un ciego que meara por la ventana’

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La película de Todd Phillips, ‘Joker’, vuelve a estar en boca de todos con motivo de sus 11 nominaciones a los premios Oscar y, por eso, desde el blog queríamos aportar nuestro granito de arena con un artículo de opinión, que no generará opinión porque seguramente nadie lo leerá. Hecho que nos da licencia para matar y, especialmente, excedernos en el número de palabras.

Así que, no me voy a andar con rodeos, en este artículo con SPOILERS no pretendo explicar el por qué ‘Joker’ me parece una buena película, aunque se valga de la técnica colegio privado para hinchar su nota y ofrecernos un nivel notable -la matrícula de honor de Joaquin Phoenix es, paradójicamente, suficiente para ello-.

El objeto de estas palabras es ilustrar por qué, en mi opinión, debería haberse ambientado fuera del Universo DC bajo un título ingenioso como ‘The Clown’ o ‘El hombre que ríe’ -ah, no, espera, que este fue el que inspiró a Jerry Robinson, Bob Kane y Bill Finger para crear al villano del cómic-.  En base a que me parece  una estrategia de marketing para atraer a espectadores a las salas de cine gracias a su nombre. Y todo esto apoyado en dos ideas: el personaje de Arthur Fleck no es el Joker y Batman es asesinado a manos de Todd Phillips.

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<< Al aldeano que ríe, mientras ríe, no le importa morir >>

Normalmente, cuando el personaje del Joker es sacado a colación, nos viene a la mente una retahíla de nombres en fila de dos: Alan Moore y ‘La broma asesina’, Heath Ledger y ‘El caballero oscuro’, Ed Brubaker y ‘El hombre que ríe’ -en honor a la película nombrada anteriormente-, Jack Nicholson y ‘Batman’ o, ahora, Joaquin Phoenix y ‘Joker’. Del mismo modo que, al profundizar para esta pieza, mi cerebro ha realizado una extraña asociación -a priori- entre la némesis del Hombre Murciélago y el escritor  Umberto Eco y su insigne novela ‘El nombre de la rosa’.

Pues, una vez que Guillermo de Baskerville accede al finis Africae, la estancia secreta en la que tiene lugar el clímax de la historia, Jorge de Burgos -no confundir con el político de Ciudadanos- le confiesa que la piedra angular de la trama es el segundo libro de la ‘Poética’ de Aristóteles, un volumen ficticio que teoriza acerca de la comedia y filosofa sobre su naturaleza y uso -algo que debe resultar inconcebible para los verdugos del pensamiento crítico a cargo de la última reforma educativa española-.

Asimismo, explica que la tesis de la obra radica en la concepción de la risa, puesto que es entendida como una herramienta que ha de ser aprendida, pulida y afilada. Por ende, es susceptible de ser extraída de su ecosistema natural -fiestas, tabernas, etc.- e importada a otros contextos con un propósito mayor, como la cocaína -no confundir con el político de Ciudadanos-. De ahí que la extrapolación de la risa sea el verdadero quid de la cuestión de la novela y, también, de este apartado de la crítica.

Y es que, históricamente, este concepto ha sido interiorizado, catalizado y elevado al máximo exponente por la figura del Joker -tanto en dos como en tres dimensiones-, convirtiéndole así en un icono intergeneracional. Por consiguiente, todos los elementos que conforman al Príncipe Payaso del Crimen son filtrados por la comedia: sus maquiavélicos planes, la anarquía de sus actos, el simbolismo de su atuendo y su apodo o su manera de encajar el dolor. Todo. Además de ser capaz, gracias a su habilidad innata para ver más allá de las personas, de amoldar sus carcajadas para manipular, aterrorizar, vejar o apuñalar a su objetivo en función de la situación.

Sin embargo, el film de Todd Phillips nos muestra a un Joker que vive por la comedia, pero que no es dueño de su risa, debido a un anómalo trastorno que le convierte en víctima de sus propias carcajadas. En consecuencia, el arlequín, no solo es desprovisto de su arma más peligrosa -y su esencia, en definitiva-, sino que también es maltratado por la misma con un objetivo puramente comercial.

En efecto, las crisis que sufre Arthur Fleck son para reiterar y acentuar lo desgraciado que es, para justificar acciones en su contra y, especialmente, para que Joaquin Phoneix se luzca cada dos por tres sin motivo alguno. En otras palabras, Phillips decide empeñar el alma del Joker a cambio de unas cuantas exclamaciones de entre el público. Por eso estoy tan serio, si os lo estáis preguntando.

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<< Murray, cuando salga, ¿podrías presentarme como Joker? >>

Existe un dicho que dice que << Dios no castiga dos veces >>, supongo que es porque no hay nadie que le pare los pies a la hora de hacerlo una tercera. O una cuarta.  Y Arthur puede dar buena cuenta de ello, porque Todd Phillips se ensaña con su pobre existencia. El guionista y director pensó que sufrir maltratos físicos y psicológicos desde la infancia, ser invisible e inexistente para la sociedad y descubrir las mentiras de una madre desequilibrada, no era suficiente caldo de cultivo para desarrollar una sociopatía violenta y peligrosa -totalmente consciente, fría y malévola- que condujera hasta la catarsis y transformación del personaje en el Joker. No. En su lugar, se nos presenta a un hombre esquizofrénico.

Quiero hacer énfasis en esto porque, por desgracia, se hace hincapié en ello durante toda la película. Desde el principio se nos muestra a un Arthur aletargado por la medicación antipsicótica y, por tanto, como un enfermo mental. Aun así, las páginas de su diario nos recuerdan que tiene una enfermedad mental y que la gente quiere que se comporte como si no la tuviera. Además, por si acaso, hay una subtrama amorosa que resulta ser una alucinación del protagonista. Cosa que resulta del todo inútil y prescindible, porque desde el inicio se nos ha dejado bastante claro que está como una puta cabra y no aporta nada nuevo a la historia. Una vez más, Phillips busca la exclamación fácil del público. Y conmigo, he de decir, que la obtuvo. Aunque en el coloquio posterior ya se me había pasado ese efecto efervescente.

Y el problema de lo expuesto es mayor, porque contraviene el quinto mandamiento de DC: <<Sólo hace falta un mal día para sumir al hombre más cuerdo del mundo en la locura. Así de lejos está el mundo de donde estoy yo, a sólo un mal día >>. Y, aun peor si cabe, los rasgos de su personalidad no coinciden con los del icónico villano. En ninguna de sus versiones.

El Joker de Heath Ledger era una reinterpretación anarquista y oscura del personaje que quedaba lejos del cómico sadismo llevado a cabo por Jack Nicholson o -mira que me jode- del desastre chulesco que hizo Jared Leto. Y, no obstante, todos ellos tienen más de Joker que Arthur Fleck porque, aunque son muy distintos entre sí, comparten dos elementos comunes: la risa y la sociopatía. Y, bueno, que les importaría una mierda si la sociedad espera algo de ellos que no sea un empujón hacia la locura.

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La muerte de Batman

Si algo hemos aprendido del capitalismo, que lo dudo, es que con cada crisis los ricos son más ricos y los pobres más pobres. Y también que eso es algo inmutable. Sin embargo, de vez en cuando se prenden las chispas de una revolución aislada en algún punto del planeta: Chile, Francia o Cataluña son ejemplos recientes. También en Gotham.

No obstante, en esta última ciudad no vemos ni chalecos amarillos ni banderas independentistas, por lo que no llegamos a comprender muy bien qué pasa. Más allá de una plaga de ratas, que sirve para ilustrar lo hijos de puta que son los de arriba, no se nos da ninguna información que pueda explicar el por qué la gente de a pie convierte a un asesino anónimo sin ninguna reivindicación en un símbolo de la lucha de clases. Algo que supone un ejercicio bastante vago y que deja la filosofía de la película a la altura de un capítulo -de los regulares- de ‘Merlí’.

Una vez inmersos en este contexto -en un intento por demostrarnos que el personaje pertenece al Universo DC y que está conectado con Batman- destaca la figura de Thomas Wayne, que ya no es un afamado médico y filántropo que ayuda a la ciudad, sino que ahora es un político cínico, desalmado y constitucionalista que desprecia a los pobres y que estaría encantado de legalizar la prisión permanente revisable. Un gilipollas que insulta a sus propios ciudadanos al estilo Rita Barberá. Un buen reflejo, eso sí, de la América corporativa.

En síntesis, para seguir con el canon de Batman, los padres de Bruce Wayne son asesinados a manos de un miembro de ETA -me jugaría una mano a que es de ETA, de verdad- frente a la mirada de su único hijo. Con lo cuál, me parece absolutamente imposible que el hijo huérfano de un clasista redomado de valores repugnantes -muerto en mitad de una revuelta popular comunista y terrorista- logre desarrollar la empatía y el arrojo necesarios, se gaste sumas millonarias de dinero y se enfunde un traje de murciélago para jugarse la vida todas las noches por sus ciudadanos. Y por la justicia, claro está. Por tanto, Batman es asesinado antes siquiera de nacer, algo que no hubiera gustado al político antiabortista -seguro que lo era- Thomas Wayne.

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